martes, 4 de enero de 2011

"Dará", novela, en descarga directa.

Descargá Dará desde este link...

http://issuu.com/lucasg.lopezmartin/docs/dar__

sábado, 24 de octubre de 2009

"Dará", por Pablo Vinci, en revista "Los asesinos tímidos"

DARÁ, (de Lucas G.López Martín) por Pablo Vinci

DARÁ
de Lucas G.López Martín
Macedonia Ediciones, 2008
por Pablo Vinci




........... ..La invención literaria, hay que admitirlo humildemente, ..............no consiste en crear desde el vacío, sino desde el caos
........................................................................Mary Shelley

................Somos una isla, una utopía inversa. Estamos aislados

.......................................................................López Martín


¿Es posible hacer una síntesis argumental de Dará? Si, es posible, pero no es lo importante, en consecuencia aquí no la encontraremos. Resentidos, perversos, pobres, incomprensible-mente inocentes o dulces, humillados, intolerantes, malvados, o maquiavélicos, los personajes que habitan o visitan Dará asombran o se asombran con nosotros a pesar de nuestra comprensión.

López Marín ha enfocado las fuerzas del cerebro y la sensibilidad hacia un mismo lugar en esta novela, y Daráes el resultado de haber amasado con sutileza el conocimiento de una tradición literaria y política con la monumentalidad de una época y de un sitio en la tierra: América Latina, precisamente la Argentina de estos últimos 80 o 100 años.

Dará puede ser una pesadilla o un sueño, es verdad, pero se evidencia más real que cualquier cosa que se manifieste sólo en la superficie. (No sé si fue Borges quien dijo que sus sueños no eran menos reales que el portero de un edificio).

En Dará hay momentos excelentes, otros muy buenos y otros no tanto. Hay momentos admirables y otros no tan magistrales, pero todos son el resultado de un trabajo, de un esfuerzo notable. Dará está escrita no sólo por el placer de escribir, a veces pareciera que Dará fue parida entre gritos y sangre. Dará tiene un estilo claro, sencillo, y fragmentos a veces terribles y de golpes violentos. Pero la violencia de esos golpes filosos tiene más de un sentido, más de una intención.

Si la novela de López Martín, que crece entre tantos dolores y violencias, nos hace dudar de la esperanza en nuestra especie y nos genera nauseas que reniegan de la injusticia o nos hace atisbar algún remoto impulso de rebelión, es porque esa ficción está poniendo un ladrillo para salvar algunos instantes de la vida y para arrancarle desesperadamente a la existencia algunas gotas (aunque sean pocas) de felicidad.




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lunes, 20 de abril de 2009

Video



Video de "Dará". Bah, ex-pps evolucionado.
Dura 2 minutos, el resto es la canción...

Espero que les guste.

martes, 7 de abril de 2009

Lucas y Dará en la 10ma.FLIA

El 29 de marzo estuvimos en la FLIA. Veremos de ir a la undécima...


Saludos



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Todos los libritos de Macedonia...


















Fabián Vique ("La tierra de los desorientados")
y
Norah Lorenzo ("Ella escrita en papelitos")

-a la sombra...-














¡¡¡Murgueando en la FLIA!!!

domingo, 14 de diciembre de 2008

Presentación de "Dará"














13 de diciembre, 20 hs.


El licenciado Sotelo (¡genio, amigo, compañero, admirabilísimo!) y el autor, presentan la novela.


Gracias, infinitas, a quienes asistieron y brindaron tanto cariño.



 A mis hijos, ante todo, por sobre todo, infinitamente. ¿Con qué palabras lo podría decir?...


A mis hermanos y madre. A mi padre, aunque no estuviera.


A mis queridos amigos y colegas, gracias por estar conmigo.


A ustedes.















Especial y destacadamente:


A Fabián Vique, de Editorial Macedonia, por la confianza y la amistad.

A Darío y Gisela, de Librerías Guardia, por la enorme colaboración y confianza.



Gracias.

sábado, 6 de diciembre de 2008

13 de diciembre, 20 hs.

Presentación de "Dará",

Librería Guardia, Alsina 61
Ramos Mejía

sábado, 24 de febrero de 2007

"Dará"

Dará (0 a II)
por L G L


Aborrezco tanto el seguir como el guiar. ¿Obedecer? ¡No!. ¿Mandar? ¡Jamás! Quien no es terrible para sí, no inspira terror a nadie, y sólo quien causa terror puede dirigir a los demás. ¡Yo, hasta el dirigirme a mí mismo aborrezco! Semejante a los animales del bosque y del mar, me agrada ensimismarme, acurrucarme a soñar en encantadores desiertos, recordarme a mí mismo lejano, seducirme a mí mismo, hacia mí mismo caminar.

Friedrich Nietzsche


Omnia sunt communia

San Isidoro



0 (cero) –carta de advertencia desde la oscuridad-


Acaso las necesidades del destino se enfrenten con la propia verdad. Fuego, ansias, deseo. La madelaine de Proust. Un dolor por el viejo olvido de los poderosos. Hay que olvidar el pasado y el presente, hay que matar el presente para que el tiempo desaparezca y vivamos en un eterno infame tiempo muerto. Solíamos ser felices allí. Pero todo ha caído en la desesperanza y la abulia. La situación es desesperante. ¿Cómo hice para caer acá?. Nadie me puede salvar. La noche es desesperante y esa víbora está allá, no tan lejos. La espero, me enfrentaré a ella. No morirá, lo sé, pero no puedo evitar el choque. No me pretendan explicar mi estupidez porque es patológica, es enfermiza. La tele repite el accidente, la magia y el misterio lo coronaban. Mis deudas, mis creencias. Mis intereses. Mi vida. ¿Qué vida?, si no tengo vida, y acaso creo que la tuve alguna vez. Nada tiene color, forma o concreción. Todo es olvido, es todo un espiral de cautela y dolor, el tiempo, finalmente, desapareció y mi imbecilidad me retiene en este lugar imposible, en este no lugar. Estoy muerto, no sé si ya les dije. ¿Dónde están esos grandes hombres del pasado cuando se los necesita?.
Ya no tengo la certeza de que pase algo notable. Ya no creo que podamos hacer nada. Acaso el olvido es mi historia y no merezca un lector. Mi historia es la de un muerto y, tal vez, sea necesario advertirlo. Es la historia oculta (okultada, digamos mejor) de un sueño, de una pesadilla que, como una yegua nocturna, me invadió una noche en un micro sobre el cual me encaminaba a cumplir con las órdenes del mundo. Una pesadilla de la cual no sé si desperté o si continúo inmerso en ella. Un descabellado e intrincado laberinto absurdo sentado sobre las bases de la ignominia. Caída en picada de un pueblo en años de ascenso de una humanidad inmensamente pelotuda. Seguramente, este tiempo –aunque hablar de tiempo acá, es medio ilógico- de soledad y encierro me llevó a pensar que es un castigo, como el Aleph, aquél que viéndolo se vislumbraba la verdad absoluta, por mi accionar. O mi no accionar, bah. Siento frío y miedo pero estoy tranquilo, como Tántalo. Al final te acostumbrás, por eso estoy acá, ya sé. Por acostumbrarme.
Esta es una historia oculta y, a su vez, develada. Todos la vimos y la vemos. Prendemos la televisión y la vemos, sin ver. Ojos cansados de mirar que se enceguecen, claro. Somos como filmadoras que lo único que hacen es grabar imágenes, no las procesa para comprenderlas. Las graba y las olvida en su memoria. Así somos.
Iremos transitando por caminos sinuosos, paseando por olvidables bosques narrativos, farragosos y mal sembrados. Pero que el árbol no impida que veamos el bosque. La historia que cuento es notoria, es la historia de mi pérdida y de mi caída. Tengo un dolor enorme en el pecho y mi pelo aún crece. Tengo sueño, pero no puedo dormir. ¡Ah, olvido! El leteo no es para mí. Ella me vigila.
Vean sus manos sosteniendo la hoja. Hagánlas valer. Supongan que esto es una novela. Supongan que es un texto de ficción. Si quieren un hecho histórico vayan a los libros oficiales, aún aquellos que no sean ciertos. Es mi biografía lo que ustedes leen. Pero no es una historia verídica, es una historia de mentiras, un hecho literario que escapa para devolver sueños. La fantasía muere para dar paso a una verdad poco interesante. Mejor, no lean este libro como una biografía. Es la muerte de este personaje. Las biografías no tienen ninguna importancia, la historia sirve para los imbéciles que no entienden la realidad. Y la Historia es un cuento, una gran novela donde todos somos personajes que buscamos un autor. Es estúpido decirlo, lo sé. Y el lector avezado sabrá disculparme. Pero trabajen sobre su propio olvido. No quiero ser vulgar, pero no puedo evitarlo. No soy escritor. Es la pesadilla que provocó mi muerte. Como aquél que soñó con la mariposa. Algunos padres no se olvidan. Aunque el parricidio sea una costumbre, es imposible evitar la tradición, la formación y la sangre. Podremos alejarnos, pero hoy, en este mundo casi anárquico, sin fronteras, sin justicia, no podemos irnos.
Un sueño que comienza así...


I

Apoya un pie en el andén y un tibio escalofrío lo estremece. Es de madrugada, cerca de las dos. La terminal de pasajeros está habitada por dos empleados que se ríen y, al darse cuenta de su presencia, lo observan preocupados, como con desconfianza, como a cualquier extranjero. La terminal, ese limbo de tránsito, es su sitio, el pueblo es su pueblo. Su vida es su vida. Oscura y silenciosa.
El chofer del micro tira al suelo, casi con desprecio, su bolso pequeño, mientras baja unos enormes bolsones y extrañas bolsas con cinta de embalaje y cajas y tachos y bagayos varios.
-Usted baja en la otra parada, ¿no?.-
-Debo quedarme acá-
Él agarra su bolso y observa cómo van sumergiéndose en la llanura las luces cada vez más pequeñas del ómnibus. Se queda firmemente parado, con muchísima dignidad, sanmartiniano. Y totalmente solo.
Los minutos tal vez no transcurren, comienza a caminar, atraviesa la estación y por primera vez en mucho tiempo vuelve a pisar la tierra húmeda de rocío, siente la energía que lo invade desde sus pies como raíces, disfruta sorprendido de esta sensación olvidada y empieza a recordar...
Fue un chico con veranos que honraron su infancia. A su memoria concurren las largas siestas de la tarde, gallinas asustadas picoteándole los tobillos y el temor que sentía cuando inocentemente robaba ciruelas, naranjas y moras de los árboles vecinos o la infinitud de la pampa vista desde su baja altura. Transpiraba ahora de sólo recordar ese sol casi violeta que lo abrazaba en los mediodías.
Creció entre leyendas de luces malas, vacas hipnotizadas, sapos y círculos de baba, estas historias eran los únicos límites que acotaban la inmensa libertad que le otorgaba su tierra.
Jugaba en el guadal con sus primos, improvisaban partidos de fútbol y llegaban embarrados a escuchar atentamente las historias de su abuelo viejo que lo hizo probar los primeros mates cimarrones. En la infancia, raro entrenamiento, el robo era algo cotidiano. Frutas, huevos de los gallineros vecinos y propios, gallinas, y demás pequeñeces inocentes.
Adolescente ansioso, vagaba en las noches blancas buscando las leyendas que nunca llegaban; siempre huésped en su tierra, siempre visita, siempre porteño. Con el atractivo que eso conlleva. La falta de compromiso, el atractivo de las inocentes jóvenes que adoran lo distinto, no por vivir en zonas rurales, sino por sólo ser ajeno, por saber que no estará mucho tiempo, por saber que, si prospera, podrá irse.
Se encontró con las primeras esquinas rosadas, donde todo estaba admitido, donde no existía el “permiso”, donde engendró secretos y complicidades que siempre duraban nueve meses hasta el próximo verano.
El campo ocultó sus besos furtivos, sus caricias jóvenes, y el chillido de los grillos, convertido en sinfonía, acompañaba los encuentros. La luna iluminaba esa extensa sensación de dolor a tierra y pasto, de piedritas y ramas, esas manos curiosas y torpes en un cuerpo femenino no distinto de cualquier cuerpo femenino, suave y terso, joven. Acaso esa luna y ese manto lechoso de estrellas hayan sido testigos de la dulzura y el amor insospechado, de la excitación y la sucia calma, descuidada, primitiva, vulgar. No había prescripción ni conciencia del futuro, de los riesgos y las infecciones. Así, nunca pasaba nada. Así, el amor era distinto del pulcro y aséptico amor ciudadano.
Recorriendo los túneles de historia, un aire lo invade y entiende que nuevamente está en ese lugar, después de mucho tiempo, cruza la estática estación haciendo un tajo en el pasado. Cada cuadra es una súplica, un ruego, necesita que algún recuerdo lo venga a buscar, necesita realidades.
Tiene unas palpitaciones monótonas e incesantes que lo guían. Se detiene frente a una casa blanca, limpia, alta, y, nuevamente, se sumerge en la memoria...
Manos blancas. Su corazón late fuerte, lo está llamando. Curvas abundantes, perfume dulzón, pies pequeños. Parte de su vida. Vestido pobre de tela con florcitas amarillas, botitas negras. La mujer, la silueta femenina del recuerdo, hoy frente a él. Detrás de una puerta abismal, tras años. Nada lo impulsa pero nada lo detiene, transcurre quizás media hora, está parado en su propio vacío, transportado y decide no actuar. Ella será una perla más en un collar de pretéritos. Un desandar el recuerdo, un impalpable recuerdo.
Comprende que ya es tarde para los regresos. Al menos, su pasado es un tesoro privado y él su único dueño, hoy quizás estos seres han desmembrado su vida y ya no hay lugar para él, ni siquiera intenta averiguarlo.
¿Cuál será el puente, si acaso lo hay hoy, que une estas distantes vidas que lo habitan?
Cuando pasó la juventud, un aire ingrato le hizo olvidar sus veranos, aferrado al torbellino de furia porteña se quedó en la Capital, y hoy un simple viaje y veinte años dormidos le conmocionan el alma. Tan sólo ayer, antes de esta corta visita estaba en medio de un presente abstracto que hace de sí un ser perdido en la ciudad convertido en una abeja más de un panal de luces y sombras. Una ciudad que lo hospeda, donde no es visitante porque todos lo son, donde las bocinas reemplazan a los grillos y la lluvia asusta con sus gotas paralelas a los seres uniformados que escupe la boca del subterráneo. Esa ciudad que no tiene noche blanca, sino tornasolada, celeste o rosada, ruidosa, viva, sin las leyendas del abuelo, sin esquinas rosadas, sin gallinas, ni huevos.
La contracara del pueblito, donde todo es apurado, donde todo está cerca, donde hay una avenida que, con su solo nombre, le eriza la piel. La estación de su tierra multiplicada en cientos, cada una con historia y con fantasmas. Las veredas multicolores, el collage de asfalto, empedrado y autopista. Los carteles luminosos que a veces mira como buscando las estrellas, el grisáceo olor de los colectivos que a veces huele como buscando los naranjos. Ascensores, hoteles, bares, oficinas, cabinas telefónicas y sobre todo la gente tan importante como la de su actual pasado.
Se siente en una nebulosa, tiene una pelea interna de historias, de lugares. Afectos en cada isla, ese diseminado huésped dentro de sí. Supeditado a las hazañas del olvido.
Corta fue su experiencia, una procesión de sentidos lo acompañó en la búsqueda, trató de estar atento a las llamadas de su conciencia, intentó vertebrar esta vida desdoblada que lo vive, ¿Por qué esperó tanto para volver? ¿Por qué dejó que lo destruyera el tiempo? ¿Por qué es necesario que hoy exista un dilema?
Despunta la mañana y hasta dentro de unos días no hay micros. Todavía no lo sabía, pero la decisión estaba tomada. Camina tranquilo, llega hasta una esquina conocida y entra a una hostería, una casa de familia con un comedor amplio y algunas piezas para alquilar. Lo atiende una joven que debe rozar los dieciséis años. Él sabe quién es; es una carita dulce y bella del pasado, como si antes no hubiera existido el tiempo y hoy fuera el muchacho que se encontró con ella hace tantos años y ella fuera quien le enseñó la belleza del monte bajo, húmedo, cercano y humano.
-Buenos días
-Buenos días, señor.
-Necesito una habitación individual
-¿Viene de la Capital? ¿Por trabajo?
-Sí, estoy de paso. Mire yo necesitaría el diario y que me lleven la comida a la pieza. No puedo salir, estoy muy ocupado.
-Muy bien, señor. Tome. Es viejo, bastante viejo, desde hace un tiempo, el diario no llega hasta nuestro pueblo. La comida es de la casa, ¿puede ser?.-
- Sí, sí, está muy bien. Pero dejá, el diario dejálo. Perdonáme, ¿cuándo vuelve a pasar el micro que va a la Capital?
- No sé. Pasa tarde. A eso de las cinco y media. Pero dentro de unos días.-
- ¿Qué hora es?.
- Las once, señor.
-Bueno. ¿Podrías decirme dónde averiguo cuándo pasa el colectivo?. Necesito saber.-
- Si puedo le averiguo-
Piensa, todo el tiempo, sin darse cuenta de lo secas y crueles que pueden resultar sus palabras. Quizá ya había estado allí, no le importa. “¿Cuál será el puente? ¿Cuál será el puente?”, se repite. “¿Cuál será la fórmula para derrotar esta eterna melancolía?”.
La nostalgia ambigua por extrañar constantemente, le hace ver que todos los lugares por los que fue disgregando su vida los llevaba trenzados en la mente, que tenía la fortuna de conocer los opuestos y la tranquilidad de no tener que elegir, su recuadro histórico es abundante, sus experiencias le recorren las venas cada día. No es necesario que acuda a los lugares, que huela los aromas, que escuche los sonidos, los lleva consigo.
Recién hoy, hecho árbol, ha descubierto sus raíces, cada rama y el tallo de sus años. La arquitectura natural de cada sitio es la base constructora de sus principios. Cada persona que habitó esos lugares, es parte de su alma, aunque ya no estén, aunque ya no lo reconozcan
El campo sin sus abuelos, sin sus padres, sin sus vecinos, sería un trozo de mapa irreconocible, la ciudad sin los amores, sin los amigos, sólo sería un eslabón de la cadena actual de individualidades.
No entiende muy bien por qué, pero la tristeza lo camina y un ejército de lágrimas se amotinan en sus ojos, él no las deja huir. Traga, extraña.
Está en la mínima entrada de la hostería, paga por adelantado la habitación y la comida, que nunca pensaría en habitar o en comer. Está como dentro de un sueño, dentro de un paraíso artificial. Como si las drogas hubieran huido para siempre de la materialidad y ahora tomara su conciencia y sus inolvidables pasados.
Poblado por una extraña sensación, agarra su bolso. La serenidad ha venido a buscarlo. Sale raudamente de esa terminal vacía y solitaria. Oscura y silenciosa como el futuro.

II

Camina lento por el pasillo, disfrutando del olor de la humedad impregnado en las paredes. El bolsito lleno de vacíos, de imprecisiones, de indecisiones, le pesa enormemente en la mano. El calor es bastante arduo en el pasillo. Siente la camisa mojadísima en su espalda, siente en los hombros el peso de los recuerdos. Esa nena, casi una mujer, es la precisión de que el tiempo había pasado. El cuarto es lindo, chiquito, confortable y vacío. Sólo un catre viejo, una cómoda y un roperito de un cuerpo con espejo. Se mira la cara, los ojos llenos de rayos y rojos como el fuego dicen poco. Alguna lágrima le parece que escapa de su ojo izquierdo. Pero, realmente, nada pasa. Se mira el pelo corto y en franco retroceso. Pero nada pasa. Se mira las manos y las ve vacías, llenas de líneas, llenas de surcos, húmedas. Y ahora sí, pasa algo. Se asoma a la puerta para mirar el cielo lleno de puntos blancos. Las noches no son iguales en todos lados. En la calle México la noche es poco luminosa, es muy poco alegre. En la pieza de la hostería la noche era divertida, llena de puntitos que bailan y se descontrolan, chocando a lo lejos, dibujando formas inmensas, inimaginables. El largo camino luminoso era un techo inmenso y líquido que mojaba, como ayer, sus deseos. Pero, ¿qué desea?.
- Señor, su comida.- gritó la voz suave y contundente de la chica, desde el otro lado del pasillo.
- Gracias, ya voy.-
- Pero acá se la traigo, como usted pidió.
- No, dejá, voy para allá.
Se sienta en la cama, se saca las botas pesadas, se masajea un poco los pies y se saca la camisa. El mundo era muy agradable en ese momento. Había olvidado sus pasados, inmensamente importantes. La remera lisa, se impregnó de los restos de sudor que no se había llevado la camisa. Las zapatillas eran bastante confortables, menos pesadas y calurosas que las botas. Se levantó de la cama y se asomó, un segundo, nuevamente, al cielo. Sonrió.
- ¿Qué prepararon hoy?-
- Hoy preparé un guisito de carne con papas, cebollitas, morrones, todo de huerta. En la Capital no se consigue.-
A la chica parece importarle poco su necesidad de comida. Mientras se va, otea por la ventana. “Espera que aparezca el novio”, piensa casi paternalmente. Mira las mesas, las tres mesas con dos sillas cada una y piensa que se parecen a las del viejo restaurante que los vecinos llamaban “Sheraton” en su barrio. Recuerda qué bien se comía allí, piensa que quiere volver a comer las pastas del boliche oculto en esa calle oscura, ciega, tranquila. Aunque seguro, ya lo cerraron. El aroma del guiso recalentado llega intenso desde la cocina.
- Gracias, parece muy bueno.-
- De nada, realmente está muy bueno. Cuando pasa un tiempo, los guisos se ponen más ricos.-
- ¿Te puedo hacer una pregunta?.-
- Sí, señor. –
- ¿Cómo se llama tu papá?. –
- Jorge Paz. ¿Por?. –
Paz era un nombre bien común en el pueblo. Pero Jorge Paz, el hijo del almacenero, había sido un amigo suyo, de quien guardaba lindos recuerdos. Era hermano de una hermosa niña que intentó ensayar unos besos terribles bajo un sol de húmedo e infernal marzo. Era más grande, más local, su guía y casi su hermano desconocido, el que le enseñaba al niño capitalino las intrincadas localidades ignotas y maravillosas.
-No, no creo.-
-¿Usted cómo se llama? –
-No sé.-

El tiempo había cambiado, mirándolo desde otro lado. Todo era pasado a partir de acá, por lo tanto, nada, absolutamente nada, existe a partir de este punto. Nada podemos determinar desde su adentro, apenas miramos lo que sucede. A partir de ahora, todo es difuso, más difuso que hasta ahora, el presente ya no existe, ya murió. No hay presente, ese ápice vertiginoso del tiempo. Todo es pasado y confusión. Un sueño. La vida es sueño y sueños son pasado muerto, pero que funda la tierra y encarga el trabajo del futuro. El futuro ya existe, el presente desaparece irremediablemente. El pasado es un cuentito que, tal vez, sea interesante contar. Dejarse llevar por la incertidumbre del futuro que se apoya en esa ficción histórica del pasado. A partir de ahora, el silencio cruel y violento del cuento de la historia que nunca existió.